Ya es tarde y la lluvia aún se precipita en el agreste follaje otoñal,
los cuervos vigilan sobre la vieja estatua de alas rotas,
la niebla arrastra los lamentos del lago de lágrimas,
y el páramo sombrío se tiñe de gris espesura…
El frío seduce a la carne calando hasta los huesos,
mis manos manchadas de oscuridad conspiran temblorosas
y mis ojos, más ciegos que de costumbre,
imaginan a blancos espectros danzando en las cercanías,
mientras las hojas de los árboles se retuercen
antes de ser arrancadas por el cierzo inclemente.
Perdido y débil, caigo sin remedio bajo un viejo roble,
cierro los ojos tratando de recuperar la serenidad,
en la lejanía arbórea las sombras nocturnas comienzan a alimentarse,
la voz escapa de mis labios impregnando los árboles
mientras el bosque susurra mi nombre,
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